La hegemonía cultural favorece a quien mejor entiende el poder. Gramsci, intelectual comunista muerto en las cárceles de Mussolini, explicó cómo las ideas conquistan el poder antes que los votos. Ochenta años después, y apenas tres días después de su investidura,
ideos/2024-11-06/video-el-discurso-integro-de-donald-trump-proclamandose-ganador-de-las-elecciones-en-estados-unidos.html" data-link-track-dtm="">el presidente Trump afirmaría: “Lo que el mundo ha presenciado en las últimas 72 horas no es nada menos que una revolución del sentido común”. La izquierda perdía la batalla más importante, la que se libra en nuestras cabezas. El reciente asesinato del joven activista Charlie Kirk (eso que Gramsci llamaría un “intelectual orgánico” de la derecha MAGA) ilustra cómo opera esta “revolución”, demostrando cómo el trumpismo ha aprendido a instrumentalizar cualquier tragedia.
El caso revela la estrategia dual de cerco del trumpismo. Desde fuera, construye una legitimidad cultural alternativa con activistas, influencers y redes que desacreditan las instituciones; dentro, captura posiciones de poder formal para convertir esas instituciones en apéndices del movimiento. Cuando Pete Hegseth dirige oraciones militares por el activista asesinado, no actúa como secretario de Defensa sino como miembro de la familia MAGA: el ejército convertido en extensión del movimiento. Es más siniestro que el tradicional nepotismo político, pues convierte instituciones públicas en espacios privados de la red trumpista. La respuesta al asesinato siguió un patrón predecible. Trump, sin esperar evidencia, culpó a la “violencia política de extrema izquierda”. Stephen Miller, subdirector de su Administración, pidió “derrotar al demonio que se llevó a Charlie de este mundo”. Musk dijo: “La izquierda es el partido del asesinato”. Bannon lo completó: “Estamos en guerra”.






