El trumpismo comienza a funcionar como mercancía de exportación ideológica
Es casi seguro que la inesperada victoria de Milei en las elecciones legislativas de medio mandato tiene mucho que agradecer a su conexión ideológica con Trump. No necesariamente porque quienes le votaron participen de ella. Se trata de una política de gestos más que de una ideología propiamente dicha; o de ruidosos aspavientos, como el de presentar su programa empuñando una...
motosierra. Si su compatriota Laclau intentó dotar de respetabilidad teórica al populismo de izquierdas latinoamericano, Milei se conformó con reducir el libertarismo a mera caricatura escénica. Lo cierto es que el primero se empantanó en el clientelismo, la corrupción y la quiebra económica, mientras que el conservadurismo tradicional de Mauricio Macri solo consiguió elevar la deuda a niveles estratosféricos. Faltaba encontrar algo distinto y ahí estaba Milei para ofertarlo. Así ganó la elección presidencial.
Todavía no ha conseguido desterrar el calificativo de “el loco”, sigue pesando el escándalo de corrupción de su hermana o el abandono de los grupos sociales más afectados por sus recortes, pero su relativo éxito a la hora de domar la inflación y apuntalar algún crecimiento económico le ha permitido obtener este nuevo crédito electoral. Eso y las palabras de Trump del “si pierde no vamos a ser generosos”, trasunto, por su efecto performativo, del whatever it takes de Draghi. En un país todavía necesitado de ajuste en sus principales ejes macroeconómicos, no es cuestión de despreciar esos 20.000 millones prometidos.








