Era un día tranquilo, con manifestaciones pacíficas y bengalas de fondo, protestas y colorido. O eso parecía. Porque en Becerril de la Sierra, a 17,5 kilómetros de meta y antes de ascender la última montaña de la Vuelta, la Bola del Mundo, que coronó a Vingegaard como ganador virtual de la prueba, decenas de activistas en favor de Palestina y contra el genocidio israelí en la franja de Gaza, el foco en el equipo Israel-Premier Tech, ataviados con las banderas palestinas y kufiyas (el pañuelo emblemático de Oriente Próximo), decidieron sentarse en el medio de la carretera después de que pasara Mikel Landa y sus compinches de fuga (Ciccone, Bernal, Armirail y Van der Lee). “Han saltado de repente, pero me ha dado tiempo a pasar”, explicó Landa; “no sé qué habrá pasado detrás”. Y lo que pasó fue una sentada que acabó mal.

La policía trató de evacuar a los activistas por las buenas. Pero, viendo que no surtía efecto y que quedaba poco tiempo para que llegara el grueso del pelotón, lo hicieron por las malas, toda vez que impedían el paso de los corredores. Se dio entonces un enredo morrocotudo porque primero pasaron otros fugados a duras penas, serpenteando a los manifestantes y cuerpos de seguridad, y, cuando llegó el pelotón, eso ya era una batalla campal: los policías deteniendo a los manifestantes con intercambio de golpes; los activistas que se zafaron increpando y obligando a algún ciclista a bajarse de la bici; y los corredores, consternados, pasando entre insultos y protestas como buenamente podían. Un guirigay bien peligroso para los ciclistas, que de caerse podrían romperse los huesos. No pasó, pero faltó poco. Suficiente para evidenciar que no todas las protestas han sido igual de pacíficas y que la policía no puede salvaguardar íntegramente la seguridad del pelotón porque es un estadio de cientos de kilómetros.