El primer cartel de Eddington quizá sea el mejor que hemos visto este año. En blanco y negro, muestra a unos bisontes caer al vacío por una ladera rocosa. El animal de aire mitológico que reinaba en las remotas llanuras del Oeste, símbolo también de todo lo que desapareció con el genocidio de los nativos estadounidenses, se precipita al abismo sin remedio. En Eddington no hay bisontes, pero...

la imagen refleja con rara precisión la deriva de Estados Unidos. Y en ese sentido, como radiografía de un estado de ánimo, la nueva película de Ari Aster da en la diana.

Rodada en Nuevo México, donde creció su director, Eddington no es nada de lo que parece: ni un wéstern, ni un drama, ni un thriller, ni mucho menos una de esas películas de terror en las que Aster ha demostrado poseer una voz poderosa. Con el satanismo de Hereditary (2018) y el horror folk de Midsommar (2019), el director estadounidense trascendió el estimulante nicho de los fieles amantes del género. Con mirada malrollera, filmó dos películas impactantes. Fue con la tercera, Beau tiene miedo (2023), con la que el director y guionista emprendió un giro cuya ambición no acaba, con todo, de cuajar.

Si en aquella, Aster proponía un viaje laberíntico por la salud mental del protagonista, interpretado por Joaquin Phoenix, la enfermedad que retrata en Eddington no es interior, sino exterior: la de toda una sociedad. Es otro tipo de laberinto, que el cineasta vuelve a contar con la complicidad de Phoenix, que sostiene con una sorprendente vis cómica este mordaz retrato de su país.