Al fútbol español le va quedando muy poquita alma, la justa para que algún vendehúmos con minutos por rellenar en el prime time televisivo le organice una sesión de espiritismo. Y la última aportación a este vaciado sentimental la firma el propio Barça quien, en forma de comunicado y con el permiso de LaLiga, es decir, de los demás clubes que integran la patronal, acaba de anunciar que su partido

0-espectadores.html" data-link-track-dtm=""> correspondiente a la cuarta jornada se traslada al coqueto Johan Cruyff: un estadio en miniatura con capacidad para 6.000 espectadores, ideal para presumir en Instagram, pero insuficiente para, por ejemplo, acoger a los aficionados rivales. Una disculpa habría sido un detalle, menos que reservarle un simbólico número de entradas... Que llegaron horas después de publicarse el comunicado en forma de 290 localidades: el mínimo para rellenar unos cuantos autobuses, pero insuficientes para un club con miles de seguidores deseando viajar

Imagino la cara de cualquier valencianista que albergase ilusiones de acompañar a su equipo en un desplazamiento tan señalado: en lugar de facilidades, lo que se encuentra es un portazo apenas maquillado con 290 billetes, como quien lanza maíz a las palomas, pero que dista mucho de ser educado, por más que las circunstancias del club azulgrana puedan considerarse excepcionales: el aficionado seguirá ocupando el único sitio que le parece plenamente reservado en este fútbol de pantallas y falta de empatía: el de cliente resignado.