Resulta que, después de muchos meses de obras, me han dejado la calle preciosa. Ahora las aceras son anchas y cómodas, tienen más árboles que antes y unas nuevas farolas contra las que no tengo nada que objetar. Los alcorques son elegantes. El nuevo pavimento salva con robustez y sentido común los desniveles, haciendo más seguras las aceras tanto para la chavalería que frecuenta las dotaciones deportivas como para la población envejecida de la zona. También se han plantado todo tipo de hierbas y arbustos en lugares imposibles; y juraría que a un par de manzanas he visto ondear lavanda. Hay, incluso, dos fuentes nuevas. Enfrente del colegio ha aparecido, bien visible, una señal que limita la ...
velocidad a 20 kilómetros por hora, y la entrada al centro de salud está más accesible. Un pequeño bulevar en mitad de la calzada ha pacificado el lugar, y las plazas de aparcamiento se han reorganizado para facilitar el estacionamiento en batería -una solución que ahorra espacio, añade visibilidad y trae de cabeza a las conductoras patosas como yo-, aunque debo decir que el tráfico ya había mejorado mucho desde que, a principios de año, se implantó el aparcamiento regulado.
Reconozco que estoy dividida. Temía la llegada de este momento desde que Begoña Gómez Urzáiz publicó en La Vanguardia un reportaje titulado “¡Socorro, mi barrio se está poniendo precioso!”, donde daba nombre a la gentriansiedad, es decir, el miedo a las consecuencias de las mejoras urbanas. Allí avisaba de la inquietud con la que muchos vecinos de zonas obreras reciben las actuaciones de sus ayuntamientos, porque pueden acabar provocando la subida del precio de los servicios y de la vivienda, expulsándolos. También me he tenido que tragar ideas preconcebidas, como que en esta ciudad estaba prohibido por ley plantar árboles e instalar fuentes en los barrios cuyo nombre no empieza por “Cham” y acaba en “berí”.






