El día 11 de septiembre es la Diada Nacional de Cataluña. Una fecha que año tras año permite calibrar los ánimos nacionales de una parte importante de los catalanes. El balanceo reivindicativo de más autogobierno ha guiado la política catalana de los últimos 150 años con momentos de mucha efervescencia.

A juzgar por la movilización de las últimas Diadas y la modesta implicación popular diríamos que hoy estamos en tiempos de quietud vindicativa. Sin embargo, las demandas catalanas no dejarán de existir de un día para otro. Vemos como incluso cuando la Generalitat está pilotada por un partido constitucionalista, tiene la necesidad de pedir el traspaso de servicios tan corrientes como los trenes. O pactar el control de la Hacienda para poder pagar la factura de unos servicios que los ciudadanos cada día demandan más eficientes.

La relación Cataluña-España ha sido, es y será compleja. La historia demuestra que hay una conexión directamente proporcional entre ataque y defensa de aquello que cada uno entiende como “nación” dentro de un mismo Estado. Cuando Cataluña exige más autogobierno, el Estado y los partidos con más afán de defender la patria se encastillan. Y cuando el Gobierno central o alguno de los poderes del Estado toman decisiones que una parte importante de la sociedad catalana entiende que ataca su singularidad, esta se defiende.