En El infierno del odio (1963), Akira Kurosawa expuso brillantemente su idea de la dualidad: en los espacios, en los personajes, en los espejos, en la sociedad japonesa. Todo en aquel impresionante clásico sobre un empresario envuelto en un enredo policiaco cuando secuestran a su hijo, responde a un continuo desdoblamiento, una realidad hecha de capas, que, de forma literal, van aflorando en un camino del cielo al infierno en el que sobran los prejuicios. De la lujosa casa del em...

presario del calzado que interpreta Toshiro Mifune a los bajos fondos de Tokio, de todo había dos en El infierno del odio: dos espacios, dos niños, dos familias, dos parejas de policías o dos maletines con el dinero del rescate. Basada en El secuestro del rey, novela de Ed McBain, el mar de fondo que escondía la película se movía entre una serie de dilemas morales, de cuestiones puestas sobre la mesa en una frondosa escala de grises.

Spike Lee es un gran conocedor de Kurosawa que debutó hace casi medio siglo con Nora Darling (She’s Gotta Have It), película hecha con cuatro duros y un poderoso referente: Rashomon, la obra más influyente del japonés, su oda al punto de vista y la memoria subjetiva. En Del cielo al infierno, Lee lleva a su terreno (es decir, Nueva York) un policiaco que no va solo de resolver un crimen y que ya desde su título en inglés, Highest 2 Lowest, propone su guiño a la duplicidad del clásico.