VUELTA A ESPAÑAETAPA 15
Manifestantes, detenidos, topetazos, agresiones, hackeos y, de fondo, una carrera ciclista. Eso es la Vuelta en esta edición, marcada por las protestas propalestinas que volvieron a ser protagonistas en la etapa de Vegadeo a Monforte de Lemos, tierra gallega.
Ondeaban las banderas de Palestina al tiempo que los cánticos se elevaban de nuevo en la salida de la etapa de la Vuelta, esta vez de Vegadeo. Fueron muchos los aficionados que acudieron y protestaron, todos ataviados con su trozo de tela, orgullosos porque el movimiento está condicionando la carrera y hasta inquietos por lo que sucedía en Madrid con la Marea Verde, que organizó en la plaza de Callao un encuentro para pasar lista de los más de 18.000 asesinados en Gaza, y recitar todos los nombres y apellidos hasta la noche. “¡Israel, fuera de la competición!” y “¡Palestina libre!” fueron los gritos más repetidos, pero, por una vez, fue de forma pacífica y sin cortar la carretera, quizá porque la acumulación de policías era notable. No ocurrió lo mismo durante la etapa, pero ese fue el aperitivo de una jornada en la que Mads Pedersen al fin pudo escribir su nombre, ganador al sprint.
Desde que la Vuelta pisó territorio español, la carrera ha dejado solo de ser únicamente un evento deportivo para convertirlo en un escenario político y reivindicativo. Uno que reclama la sociedad y que boicotea a la competición con parones en la carretera —como en la contrarreloj en Figueres; como en Bilbao, que se debió adelantar la meta unos kilómetros para evitar disturbios; o como en Avilés, donde se retrasó la salida unos minutos—, hartos los corredores porque no pueden ejercer su profesión con normalidad, tan atentos a lo que sucede en el asfalto como en las cunetas. Buen ejemplo de ello es lo que le sucedió ayer a Javier Romo (Movistar), que acabó con el culotte roto y un buen rasguño en el muslo, también en una refriega.














