Los buscadores de oro del siglo XXI no tienen que remover agua y tierra ni escarbar demasiado para dar con él: pueden encontrarlo en un local del madrileño barrio Salamanca, en una sucursal de la Diagonal de Barcelona, o en cualquier plataforma de inversión online, por citar solo algunos emplazamientos. Y lo pagan bien caro. O barato, según se mire. Nunca antes la onza de este metal precioso ha costado más que ahora, por encima de la cota de los 3.500 dólares, pero su revalorización no toca techo, y ya hay quien vaticina un futuro aún más deslumbrante, más allá de los 5.000 dólares, que haga parecer asequibles los niveles actuales. Sus compradores, bancos centrales, family offices, aseguradoras, y cada vez más, inversores particulares que buscan sacar rentabilidad a su dinero, llevan meses viendo engordar sus balances y cuentas corrientes gracias a un activo milenario cuya popularidad no envejece. Y continúan sacando la chequera.

“Es el refugio por excelencia, con una larga historia de preservar valor en tiempos de incertidumbre económica, inflación o volatilidad. Me permite diversificar y reducir el riesgo de mis inversiones. Ofrece una protección que acciones y bonos no pueden garantizar”, dice Guillermo, programador sevillano de 30 años que no quiere dar su apellido, uno de los que se ha subido a la ola.