Bélgica tiene una de las culturas cerveceras más reconocidas del mundo, no solo por su diversidad de estilos, sino por la forma en que estos han sabido integrarse en el día a día sin perder su origen. Desde las abadías trapenses hasta las cervecerías familiares, allí cada cerveza tiene su historia, su copa y su ritual. Esta riqueza es tal que la cultura cervecera belga fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, reconociendo así su valor como tradición viva y compartida.

Esa variedad, lejos de quedarse en el recuerdo, sigue disponible y más cerca de lo que creemos, incluso en la estantería de un supermercado. Entre marcas locales y opciones más conocidas, aparecen algunas botellas belgas que a menudo pasamos por alto. Muchas de ellas son auténticas joyas tradicionales como las que aquí recomendamos.

La Tripel es un estilo icónico dentro de las cervezas belgas, con un color dorado intenso, espuma blanca y una carbonatación alta. Se caracteriza por su perfil afrutado con notas a pera, manzana y plátano, además de especias como clavo y pimienta negra derivadas de la fermentación. Su graduación alcohólica oscila entre el 7,5% y 9,5%, con un final seco y ligeramente amargo. Acompañar este estilo de cerveza con un buen Gruyère o unos mejillones al vapor con hierbas es un placer a experimentar.