Se consumió la tragedia. España toca fondo clasificatorio tras una semana angustiosa donde no pasó casi nada de lo que se suponía tenía que ocurrir. Empezando por el primer partido ante Georgia, al que acudimos con la guardia baja y faltos de los convenientes biorritmos físicos y mentales. Una vez que los georgianos incendiaron la hoja de ruta, todo se fue enredando, lo propio y lo ajeno, hasta el último suspiro ante Grecia, donde como ante Italia, de nuevo naufragamos en los instantes finales. Total, que por unas cosas o por otras, el equipo se ha mostrado muy alterado desde el principio, jugando tanto contra sus adversarios como contra sus propias limitaciones, casi siempre en inferioridad física, corriendo con la lengua fuera y el susto metido en el cuerpo.
En estas circunstancias, España no encontró casi nunca la paz. Y cuando lo hizo, ahí estaba la línea de tiros libres para volver a agitar conciencias. Los datos han sido horrorosos y sin duda decisivos. 66 de 110 en toda la fase. 7 fallos ante Georgia. 9 frente a Italia. Y la traca final, 16 ante Grecia. Es evidente que solo a través de cuestiones mentales se puede explicar tamaño desatino colectivo. Nubes sombrías fueron cubriendo las mentes de los jugadores españoles partido a partido. Lo que empezó como un mal día fue creciendo hasta terminar con un bloqueo mental colectivo el día de Grecia, alcanzando el esperpento con los tres seguidos fallados por Juancho Hernangómez.






