Con frecuencia, las conmemoraciones informan más de los conmemoradores que del o de lo conmemorado. El hecho mismo de que haya quienes experimenten la necesidad de evocar algún momento pretérito o de rendir homenaje a alguien desaparecido es ya de por sí un gesto profundamente significativo. De ahí que se pueda afirmar que, de forma implícita o manifiesta, cualquier conmemoración tiene, necesariamente, una parte de homenaje en sentido propio y otra de evocación, tanto de la realidad en la que vivió el homenajeado como de la presunta distancia que nos separa de ella. Pues bien, lo que vale en general para cualquier conmemoración resulta de rigurosa aplicación en el caso de la de Manuel Sacristán, de cuyo nacimiento se cumple hoy el centenario.

Empecemos por constatar que no han faltado, especialmente entre sus coetáneos, quienes han difundido una imagen en extremo estricta, por no decir intransigente, de su talante personal e intelectual. Probablemente sea cierto que, con el paso de los años, la militancia clandestina de Sacristán en el PSUC en muchas ocasiones dificultaba una aproximación fluida y natural tanto a su obra como a la propia persona. Esta circunstancia contribuyó a que a su alrededor se generaran tanto fobias como auténticas veneraciones, de las que el propio filósofo no era responsable (“a veces, quienes por allí andábamos parecíamos depositarios de un saber hermético inaccesible a los no iniciados”, Félix Ovejero). De idéntica manera también que para muchos, en especial para sus más allegados, fue un referente ético y —tal vez en el caso de algunos— un auténtico superyó moral.