A la derecha se le va a hacer largo lo que queda de legislatura. En Madrid planea el rumor de que el PSOE podría ser imputado por presunta financiación ilegal, pero no es esperable ya que Pedro Sánchez renuncie, ni ante ese escenario, ni aunque la gobernabilidad siguiera paralizada. El Partido Popular y Vox empiezan a verse atrapados en aquella máxima del político italiano Giulio Andreotti, “el poder desgasta al que no lo tiene”, pese a que hasta ahora parecía que ese deterioro solo lo asumía La Moncloa. A fin de cuentas, el presidente del Gobierno ha logrado imponer por la vía de los hechos una supuesta imagen de normalidad en medio de las imputaciones de su mujer, su hermano y el fiscal general. Esa continuidad tiene que ver con la correlación de fuerzas que lo sustenta: el partido está controlado por Sánchez, que laminó el poder de sus barones en 2017 para que no puedan volver a echarle, y ninguno de los socios tiene interés en que se marche, por más de culo que se pongan Junts y Podemos. Cada día que Sánchez sigue en La Moncloa afianza, además, una especie de nuevo sentido común entre sus afines, sobre aquellos temas que la derecha señala como escándalo: véase la reunión de Salvador Illa para rehabilitar políticamente a Carles Puigdemont, o la presencia de Álvaro García Ortiz en la apertura del año judicial.