Deben de ser muy variadas las razones por las que la gente quiere dirigir películas. Imagino que en los viejos tiempos para muchos directores supuso una forma de ganarse muy bien la vida, un oficio más que rentable que también creaba reconocimiento público. Y existirían los que descubrieran que estaban dotados y convencidos de que se podían contar todo tipo de historias a través de una cámara. Propias o ajenas.
Existen pocos creadores tan personales y grandiosos como Alfred Hitchcock y John Ford, pero su nombre no aparecía en los guiones. No les hacía falta para que identificáramos con inmenso gozo a las criaturas que parían. Y también existen autores (ya nadie quiere considerarse un artesano que narra historias paridas por otros) que intentan hablar de ellos mismos, de sus ángeles y de sus demonios, de sus emociones, de su forma de ver el mundo, de las personas y las cosas, de lo que imaginan, de lo que les ha pasado.
La directora Carla Simón es un caso transparente de ello. En las tres películas que llevan su firma ha aclarado con sinceridad que está hablando de ella, de gente muy cercana, de su familia. Utilizando un lenguaje visual y una atmósfera tan personal como reconocible, consiguió con Alcarràs, su segunda película, premios internacionales y la adhesión en España de un público amplio y mayoritariamente conmocionado. A mí no me ocurrió. No entendí o no me afectó la poética y el costumbrismo de ese mundo rural.







