El flamenco es un género pobre, monótono, repetitivo y homogéneo donde los referentes hace tiempo ya que están completamente fijados, son invariables y están unívocamente reconocidos; es una música «estabilizada», en el sentido (peyorativo) que le da T.W. Adorno. Todos son notas al pie de Camarón, Paco de Lucía y Enrique Morente. Hasta el punto de que los límites del género son los límites de los imaginarios estéticos generados por éstos.
En el toque, la ubicua presencia de Paco de Lucía adquiere tintes dramáticos, pero no precisamente en el sentido de generar una paralizante ansiedad de la influencia sino, muy al contrario, en el de ofrecer un itinerario señalado y homologado, con competencias determinadas y criterios consensuados que, pese a exigir un altísimo nivel técnico, asegura, como las titulaciones profesionales, una aceptación inicial en el sector dominante del mercado. Se trata de un territorio atestado, de competencia feroz y movimientos y tomas de posición que raramente ya sorprenden en un verdadero sentido. La pretendida huella personal se torna en él una cuestión de matiz de estilo.
Pese a que el anterior párrafo tenga un punto de boutade, de trazo gordo (es decir, sociológico…), hablando sin ánimo de epatar, ciertamente el campo flamenco es prácticamente incapaz de asumir hitos que no tengan la triada Camarón/Paco/Morente como centro. Es por ello que, aunque ya no estuvieran en activo, la muerte acaecida en pocos días de los tocaores Perico el del Lunar hijo (Madrid, 13 de marzo de 1940-27 de agosto de 2025) y Diego de Morón (Morón de la Frontera, 18 de abril de 1947-31 de agosto de 2025) tiene una enorme carga simbólica.






