Crecen las voces en el ámbito educativo que opinan que el calendario escolar no responde a las necesidades de los alumnos, sus familias y sus profesores. El debate se centra especialmente en si los escolares tienen demasiadas vacaciones en verano.
Elena Sintes, responsable de proyectos de la Fundació Bofill, defiende que España no puede mantener un modelo más del pasado que del presente. Para Toni Solano, director de un instituto público de secundaria en Castellón, puede mejorarse el calendario escolar, pero existen serios argumentos para no modificarlo.
Miles de alumnos regresan estos días a las aulas tras casi tres meses sin pisar la escuela. Once semanas en las que el aprendizaje se congela y la conciliación familiar se convierte en un rompecabezas. Mientras tanto, en Francia las vacaciones estivales se reducen a ocho semanas, y en Alemania o en el Reino Unido, a seis o siete, siempre compensadas con pausas durante el curso. Allí se reparte el tiempo; aquí lo acumulamos todo en un verano larguísimo, cada vez más difícil de sostener.
España figura entre los países con unas vacaciones escolares estivales más largas. Las consecuencias son bien conocidas. La primera es la pérdida de aprendizaje: tras 11 semanas sin escuela, muchos alumnos retroceden en lectura y matemáticas. En entornos vulnerables, esa pérdida equivale a dos o tres meses cada verano, lo que acumulado supone varios cursos enteros al final de la primaria. Los efectos que vimos con el cierre escolar durante la pandemia se repiten, en menor escala, cada verano.







