Antes de que el chigüiro o capibara se convirtiera en símbolo nacional de Colombia y objeto de mercadeo, con su aparición como un personaje de Disney, la llegada masiva de peluches hechos en China o la explosión de su fama como “el animal más amistoso del planeta”, sus manadas caminaron con bastante modestia durante decenas de millones de años por las sabanas inundables de la Orinoquía, las llanuras colombovenezolanas al este de los Andes. “Son divinos”, reconoce Hugo López Arévalo, biólogo y docente de la Universidad Nacional, quien ha dedicado parte de su carrera a su estudio, pero quien, por contradictorio que parezca, también defiende su caza comercial.

Como sucede con los hipopótamos de Pablo Escobar, cada cierto tiempo revive el debate sobre si se debe permitir la caza de este roedor, también conocido como carpincho o capibara, y que tiene unas tasas de reproducción tan altas que en Argentina o Brasil ha llegado a ser considerado una plaga. Las posturas de científicos y animalistas parecen irreconciliables. Aunque la lideresa Lena Estrada descartó la posibilidad, en una de sus últimas decisiones antes de renunciar al cargo de ministra de Ambiente, López y sus colegas piden que la discusión continúe.