El sueño megalómano del narcotraficante sigue siendo un dilema pendiente de resolver para Colombia

En los años ochenta, cuatro hipopótamos desembarcaron en Colombia como un capricho exótico de un temido narcotraficante. Más tarde, Pepe —un descendiente díscolo— se convirtió en el más famoso de la manada cuando lo capturaron. Desde entonces, el país ha cambiado de Constitución, de presidentes y de guerras, pero cuatro décadas —y varios corresponsales— después, el titular sigue intacto:

colombia.html" data-link-track-dtm="">Colombia no sabe qué hacer con los hipopótamos de Pablo Escobar. Da igual cuándo lea esto.

La historia empezó en la Hacienda Nápoles, a 150 kilómetros de Medellín, donde Escobar —poseído por el espíritu de un Noé megalómano— montó un zoológico privado con rinocerontes, elefantes y otros bichos comprados en el mercado ilegal internacional. Los hipopótamos encontraron en el entorno del río Magdalena un paraíso inesperado: agua abundante, ausencia de depredadores y un clima perfecto para reproducirse. Tras la caída de Escobar y el abandono de la hacienda, algunos escaparon de los estanques que los contenían y tomaron el río. Y, con el tiempo, los cuatro se volvieron decenas. Hoy son 169. Serán 1.000 en 2035. Y, si no se hace nada, se contarán 1.300 en 2060.