Hace unos días, en la jornada inaugural del US Open, el jugador ruso Daniil Medvedev volvió a protagonizar uno de esos episodios de falta de control a los que, últimamente, nos tiene demasiado acostumbrados. En un momento crucial del partido, cuando su rival Benjamin Bonzi contara con un punto de partido y errara su primer servicio, un fotógrafo algo despistado entró en la pista provocando una pequeña interrupción. La decisión del árbitro de concederle al francés un nuevo primer saque desencadenó la furia del moscovita, quien se dirigió a su silla para vociferarlo y luego incitó a los espectadores a que lo abuchearan.
Y justamente éste, el público del torneo de Nueva York, es el que, sin lugar a dudas, está más dispuesto a dificultar la concentración de los jugadores y a montar un show a partir del más mínimo hecho. Lo que ocurrió, pues, fue que se juntaron el hambre con las ganas de comer. El lamentable detonante lo provocó el tenista, pero hay que reconocer que los siete minutos de interrupción que desconcertaron desesperadamente al jugador francés son debidos, también, a la falta de consideración de un público que pide más entretenimiento que tenis.
Tan indeseable situación le impidió al inocente tenista cerrar el partido en esta tercera manga, tener que jugar dos más y llegar a un dramático quinto set que, finalmente se anotó para provocar un nuevo enfado del ruso, quien, en otro lamentable espectáculo, se ensañó con su raqueta para dejarla hecha añicos. Me sorprende que un jugador de la talla de Medvedev sea incapaz de aplacar sus nervios y que esté dispuesto a dar esta imagen de su persona, como también que las elevadas sanciones económicas como la que posteriormente le impusieron no consigan erradicar su comportamiento.















