“Mira, ven, observa esto atentamente”, dice Fernando García mientras abre las manos y enseña un tesoro. “Esta es la prueba de que los seres humanos, en realidad, no inventamos nada, sino que se lo copiamos a la naturaleza”, añade. Entre los dedos del biólogo brilla una concha perfectamente redonda, una espiral en forma de escalera diminuta que desciende sobre sí misma hasta perderse en el centro del caparazón. “Es un número áureo impecable”, señala antes de devolverla a una estantería abarrotada de otras conchas. Esta fue de un caracol marino —de la especie Architectonica maxima— y ahora es una pieza de la colección de malacología del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) en Madrid, donde García trabaja como archivero.

La malacología es la rama de la zoología que estudia a los moluscos, un grupo muy diverso de invertebrados que incluye caracoles, pulpos y almejas. Y, por supuesto, también sus conchas. En el segundo piso del museo madrileño se custodia una de las mayores colecciones del mundo, organizada en tres grandes ecosistemas: marino, agua dulce y terrestre. En total, hay casi dos millones de ejemplares.

“Todo comenzó en 1771″, relata Francisco Javier de Andrés, también conservador del archivo del MNCN. Fue entonces cuando el rey Carlos III recibió la donación de las colecciones de especímenes naturales de Pedro Franco Dávila, con las que se fundó el Real Gabinete de Historia Natural, germen del actual museo. Desde ese momento, la colección de conchas no ha dejado de crecer, alimentada, al principio, por las expediciones científicas de los españoles a América —sobre todo Cuba— y a Filipinas, que regresaban cargadas de especies exóticas hasta convertir el archivo en uno de los más completos del planeta.