La medicina moderna ha logrado grandes éxitos acotando los problemas, intentando reducirlos para hacerlos abarcables. Ahora hay especialistas que se ocupan de los trastornos gástricos, de los cardiacos o de los neurológicos, pero se sabe que el cuerpo humano no está compartimentado. La capacidad para dar sentido a cantidades ingentes de datos que proporcionan las nuevas tecnologías está ayudando a derribar barreras entre especialidades que hasta ahora han sido útiles.

Una de las conexiones que está despertando un mayor interés es la que vincula el intestino y el cerebro. Desde hace tiempo se ha observado, por ejemplo, que la resistencia a la insulina que produce la diabetes tipo 2, también se ha observado en áreas neuronales de personas con alzhéimer, y las disrupciones en ese eje de comunicación bidireccional, que conecta aparato digestivo, sistema inmunitario, metabolismo y cerebro, tienen implicaciones amplias para la salud. Hoy, la revista Science Advances publica un estudio que examina la conexión entre el intestino y el cerebro y cómo los trastornos digestivos o del metabolismo incrementan el riesgo de sufrir alzhéimer o el párkinson.

El trabajo, liderado por Sara Bandrés, directora del área de Neurogenética en el Centre for Alzheimer’s and Related Dementias del NIH (Institutos Nacionales de Salud de EEUU), quería entender qué trastornos podían aumentar el riesgo de sufrir enfermedades neurodegenerativas antes de que aparezcan síntomas neurológicos, cómo afectan los problemas intestinales a la fiabilidad de biomarcadores en sangre empleados para detectar alzhéimer o párkinson y ver si combinar todos estos datos médicos, genéticos o moleculares mejoraba la capacidad de predecir quién desarrollará estas enfermedades.