El análisis de casi 900 participantes resalta la importancia de la zona que transforma el pensamiento en movimiento, lo que ayuda a explicar por qué muchos pacientes presentan síntomas no motores

Dos siglos después de su descubrimiento, la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente, el párkinson, no tiene aún ni cura ni causa conocida. Lo mismo sucede con la primera, el alzhéimer; y juntas amenazan con una crisis sanitaria sin precedentes debido a que su incidencia puede duplicarse en las próximas décadas debido al envejecimiento de la población.

Este miércoles se publica un estudio que podría ayudar a entender mejor qué sucede dentro del cerebro de una persona con párkinson y, en un futuro, mejorar la efectividad de los tratamientos actuales. Los resultados se publican en la prestigiosa revista científica Nature.

En 1817, el médico, geólogo y polemista británico James Parkinson definió esta dolencia tras la observación de tres de sus pacientes y otros afectados que caminaban con dificultades por las calles de Londres. Posteriormente, se supo que por causas no del todo claras se mueren las neuronas en una zona del cerebro conocida como sustancia nigra, —esenciales para producir dopamina y generar el movimiento del cuerpo—, y que de ahí se desprenden los principales síntomas: temblores involuntarios, rigidez corporal, pero también depresión, ansiedad, insomnio y una mayor propensión a las infecciones. La genética explica solo una parte de los casos. El resto pueden deberse a una compleja interacción de factores, desde agentes tóxicos como pesticidas, a infecciones virales y problemas en la conexión intestino-cerebro.