Toda familia tiene sus axiomas, esos postulados que se dan por ciertos sin necesidad de demostración alguna y sobre los que se construye todo el resto. En el catálogo de la mía figura la existencia de la vida extraterrestre. Tras 42 años, no tengo pruebas de ello, pero tampoco dudas. Jamás fuimos una tribu envuelta en papel de aluminio ni esperábamos a que un platillo volador proveniente de las Pléyades nos raptara bien fuera para diseccionarnos o para llevarnos a vivir en la desaparecida Atlántida. Pero desde que tengo memoria, mirar el cielo nocturno, repasar los planetas y constelaciones, es una actividad familiar. La explicación de que cada punto titilante -los planetas solo reflejan luz- era un sol me marcó. Era imposible que no existiera algo más.
“La posibilidad de esa soledad universal nos genera mucho desasosiego como humanos. No nos gusta pensar que estamos solos porque la alternativa a la soledad es dura”, opina la astrofísica Eva Villaver. Con mucha paciencia, ella se dedica a comprobar mi axioma familiar. “Buscamos planetas, que giren alrededor de una estrella como el sol, en los que pueda haber agua líquida en la superficie y detectemos una atmósfera”, explica. No es la única manera de buscar vida: también se rastrean señales de radio que una civilización desarrollada podría estar enviado.






