“He venido a España a trabajar. No puedo distinguir. Lo que encuentre, haré”. Soury Diakite tiene 26 años, llegó a España hace diez meses huyendo de la guerra en Malí. Lo mismo que Mouriba Diara, de 25 años y desde hace nueve meses solicitante de asilo. Los dos trabajan como pastores en una explotación ovina de Moral de Calatrava (Ciudad Real). Son el recambio que la ganadería, aquejada de la falta de relevo generacional y el progresivo abandono del medio rural, necesita para poder sobrevivir. “En nuestro país apenas hemos estudiado. Solo primaria, así que tenemos que trabajar en lo que salga”, justifica Mouriba junto a la vivienda habilitada por el propietario de la finca a escasos metros de los corrales.
Dos sillas de plástico, una lavadora y un cable que sirve de tendedero delatan desde el exterior que ese cubículo encajonado en un porche es su hogar. “Tenemos todo lo necesario”, responde, algo tímido, en un castellano todavía precario pero suficiente para defenderse. Son las 11.30 y ya han alimentado y ordeñado a buena parte de las 2.300 ovejas de la explotación. La jornada comienza a las 6.00, con la fresca, y se retomará a la tarde con un segundo ordeño.
Son dos de las labores que estos dos malienses han aprendido en los cursos gratuitos de la Escuela de Pastores de Castilla-La Mancha, que inició su andadura en 2022 para ayudar al sector a suplir la falta de mano de obra, y que ofrece cursos prácticos de 25 horas en los que se enseña lo fundamental. Por sus aulas itinerantes han pasado ya más de 300 alumnos. Unos 180 forman parten de su bolsa de empleo, un salvavidas para muchos ganaderos desesperados, que acuden a ella en busca de candidatos. “Se ven con el agua al cuello. O encuentran a alguien o en un mes tienen que cerrar. Son llamadas casi de socorro”, reconoce Pedro Luna, coordinador y único profesor de la Escuela.






