De pronto, sucede una explosión, y tiembla el suelo. Tiemblan el suelo y las paredes, que son las paredes de un hospital que han bombardeado ya otras veces, porque aquí las bombas han caído sobre hospitales y sobre escuelas. Aquí han disparado a gentes hambrientas que se agolpaban entre una mu...
ltitud mientras esperaban a que les lanzaran algo de comida igual que se la lanzan a los animales. En este hospital no hay apenas medicinas y faltan camas: es un milagro que siga abierto. A los médicos los matan, como a todos los demás, pero quién piensa en eso en este instante si los cuerpos están inertes y en el suelo, si hay gente que pide ayuda a gritos y hará falta apartar los cascotes con las manos para distinguir a los vivos de los muertos, cubiertos de sangre y piedras.
Todo es confusión en este lapso en que la explosión parece que haya suspendido el tiempo, y por eso este será el instante crucial: el momento en el que todos los demás —que están vivos por casualidad— corran sin pensárselo a socorrer a los heridos y a tratar de dar dignidad a los muertos. Ese es el punto en que al instinto de supervivencia se sobrepone otro mayor aún, propio de la condición humana: el de atender a los que piden auxilio y no dejarles solos.






