Jacobo Cromberger se afincó en Sevilla a finales del siglo XV para convertir la ciudad en una de las grandes capitales mundiales del nuevo ingenio de aquel siglo, una revolución tecnológica que daría paso al Renacimiento: la imprenta. Procedía de la ciudad alemana de Núremberg, pero fue en la capital andaluza donde abrió la imprenta española más importante de la primera mitad del XVI y editó tanto obras científicas y religiosas de tendencia erasmista —lo que supuso un verdadero desafío a la Inquisición— como los grandes best sellers de la época, novelas de caballería y entretenimiento como la famosa Amadís de Gaula, que leyó Cervantes en ediciones salidas de sus talleres. Cromberger funda la primera imprenta en América, consigue el monopolio de este negocio floreciente en el Nuevo Mundo y se convierte en un mito.
Una generación más adelante: cuando Jacobo ha muerto y su hijo Juan Cromberger da continuidad a esta dinastía de impresores, que en aquella época eran también editores e incluso libreros, controlando al completo el negocio editorial. “Fue el impresor más prolífico de su época y, también, el encargado de ampliar los intereses comerciales de la familia en el Nuevo Mundo”, como asegura el historiador y profesor emérito de la Universidad de Oxford Clive H. Griffin. De padre a hijo, de hombre a hombre. Pero quiso el destino que Juan Cromberger muriera joven, dejando nueve hijos pequeños, y su viuda, Brígida Maldonado, diera un giro de guion a esta historia.







