Por su catálogo y su fondo les conoceréis. Cierto, aunque eso es solo una parte de la historia, la más duradera, en el mejor de los casos, pero no la que alimenta la leyenda. Y como bien saben quienes se dedican al negocio de la literatura y los libros, la leyenda importa: dota de un brillo especial determinados aciertos y fracasos, reyertas, azares, romances y borracheras. Los editores tienen su historia, su mito, su contradicción. Sus apuestas marcan e incentivan determinadas modas; sus gustos abren caminos y deben, a la vez, conectar con el Zeitgest. Su poder e influencia es incuestionable para los autores, pero no acaba de estar tan claro para el gran público que puede buscar con fijación determinados diseños, portadas y lomos, pero no acabar de conocer los rasgos de la figura que puso esos libros a su disposición y cruzó los dedos para que funcionaran comercialmente.

Carismática y con un punto de misterio, la figura del editor aúna, o aspira a aunar, un coro de voces. Ocupa un decisivo segundo plano. Quizá por eso resulta complicado rescatar la historia en singular de los grandes editores: sus biografías se encuadran en una fotografía de grupo que habla de un sello y sus circunstancias. Secreto y pasión y pasión de la literatura, de Juan Cruz y Una curiosidad sin barreras, de Carlota Álvarez Maylín, ambos publicados por Tusquets, reconstruyen la historia de esta editorial (integrada en el grupo Planeta desde 2012). El primero rescata conversaciones con algunos de sus autores, y el segundo indaga en la figura de su fundadora, Beatriz de Moura, con un tono que nunca se aleja de la tesis doctoral de la que partió.