Francisco Gómez de Sandoval y Rojas llegó a la cima del poder durante el Siglo de Oro. Antes del acceso al trono de Felipe III, ya había logrado formar parte del circulo de confianza del futuro monarca. Y tras la muerte de Felipe II, conquistó la cima de su ambición. Fue el primer valido de la corona española, equivalente al primer ministro (según el Diccionario de la RAE). En 1599 recibió el título de Duque de Lerma. Por entonces lo retrató Rubens. Naturalmente el cortesano tenía sus envidiosos enemigos e inevitablemente también sus tejemanejes en el sector inmobiliario y otras formas de corrupción. Lo pillaron. En una maniobra digna del político que hoy logra ser aforado para blindarse de la justicia, Lerma consiguió ser nombrado cardenal. Los ataques no se hicieron esperar. Poesía eres tú. Porque las estrategias discursivas para acabar con reputaciones de políticos y sus familiares no se inventaron hace cuatro días.

A Lerma le dieron sin parar. Por supuesto también a su círculo de confianza: Rodrigo Calderón, por ejemplo, general que medró con él, “dicen que ha de volar” y, efectivamente, fue ejecutado en 1621. Pero es que no se escapó ni su confesor. “El Caco de las Españas”, lo motejó un festival de heptasílabos que no olvidaba la mención a la púrpura cardenalicia (“vistiose de colorado”) y denunciaba cómo había optado por salir de foco para que no le persiguieran: “El que por largas edades / toda bolsa deja enferma / ya se ha retirado a Lerma / para no decir verdades”. La proliferación del discurso poético del antilermismo pretendía acabar por enterrar su reputación, el argumento de fondo era que él acabaría con el país: “Por un hombre solamente / rey y reino está perdido: / ¡que esté tan engrandecido / con soberbia y ambición / que haya buscado ocasión / de ser más que rey temido”. Felipe III debía saberlo, “aunque vuestra majestad / mande cortar mi cabeza”.