Desde la escarpada punta Covasa, en la provincia de A Coruña, hasta la suave península de O Grove, en Pontevedra, el Atlántico emprende un sinuoso trayecto para labrar la ría de Arousa, la más extensa de Galicia. Una suerte de mar cerrado que deja a su paso ensenadas, islotes, playas y complejos dunares, allí donde los ríos Ulla y Umia salen al encuentro del agua salada. En la ría de Arousa todo empieza y acaba en el océano. La marea que rompe embravecida contra los acantilados o que se riza en olas gigantescas en los arenales. Las bateas en las que se cultivan los mejillones siguiendo una tradición centenaria. El trajín de los puertos a la hora de la subasta. La salinidad que absorben los viñedos y que se refleja después en los vinos.

Hay muchas maneras de explorar este rincón de las Rías Baixas, donde el choque de la tierra y el agua ha moldeado paisajes tan asombrosos como el que discurre por el sendero de Pedras Negras, en San Vicente do Mar. Una pasarela de madera sortea inmensos bolos graníticos a los que la erosión ha dado formas caprichosas (un ciervo, un elefante…) y entre los que se esconden calas vírgenes como O Carreiro, Borreiro o Canelas, con arena blanca y aguas de un azul que bien podría pasar por caribeño. Cerca, en la deslumbrante playa de A Lanzada, a los pies de una ermita medieval, confluyen las dunas, el viento y las leyendas. Como aquella de las nueve olas, por la que las mujeres, en la noche de San Juan, deben dejarse golpear hasta nueve veces por el oleaje para asegurarse la fertilidad.