“Todo el mundo tiene una historia en Liberty”, nos dicen en el edificio de estilo Tudor que ocupa una manzana de la calle Great Marlborough, en el centro de Londres. Esas historias podrían servir para medir cuán inglés es un individuo: el recuerdo de los trajes que sus madres les ponían en la infancia, o del tapizado del sofá de la abuela, o la imagen de Lady Di embarazada de Harry luciendo un estampado azul Liberty. “Recibo cada día cientos de emails de gente que pregunta si un tejido todavía se fabrica para replicar algún mueble familiar, o que quieren comprobar si una prenda que tienen en casa es “un liberty” original o una copia”, cuenta la encargada del archivo que custodia más de 60.000 diseños. Esta tienda de departamentos, abierta en 1875 por sir Arthur Lasenby Liberty, es tan británica como el London Bridge, el Big Ben, Winston Churchill o el oso Paddington.

Casi al final de su vida, sir Arthur, para hablar del impacto de su tienda en la época, pudo haber citado a artistas potentes vinculados a Liberty, como William Morris, Dante Gabriel Rossetti o Edward Burne-Jones, pero prefirió hablar de tejidos y texturas. Para él conseguir crear sedas, satines y cachemires en una fábrica del sur de Londres de la misma calidad que los importados de China, la India y Japón fue la gran innovación de sus almacenes. “Los artistas y arquitectos siempre estaban quejándose por no tener texturas apropiadas para las cortinas. Los tintes eran demasiado fuertes y llamativos, las texturas estaban mal”, había dicho en 1913 al periódico Pall Mall Gazette. Fuera por las nuevas texturas o por la libertad creativa que allí reinaba, a Liberty se le considera una pieza clave en el nacimiento de tres movimientos artísticos: Arts and Crafts, Aestheticism y Art Nouveau, este último se conoció en varios países europeos como Liberty Style.