En el Parque Nacional de Tsavo, uno de los focos del tráfico ilegal de fauna al sur de Kenia, el aire está cargado de tensión y polvo rojo. Las acacias se extienden hasta un horizonte brumoso y albergan especies de animales poco frecuentes, desde hormigas hasta reptiles, que son presa de cazadores furtivos constantes. La vasta extensión del parque, que abarca más de 22.000 kilómetros cuadrados, hace que los patrullajes exhaustivos sean casi imposibles. La densa vegetación proporciona un escondite perfecto para los traficantes que actúan en las sombras y se aprovechan de las posibilidades que ofrece el comercio online.

Bajo la impresionante naturaleza salvaje de Kenia se esconde una guerra silenciosa que enfrenta a los cazadores furtivos, los traficantes y los agentes de protección de la flora y la fauna. Desde las llanuras abrasadoras hasta los bosques montañosos y nublados, los ecosistemas más emblemáticos del país afrontan una amenaza en constante evolución que va mucho más allá de los objetivos tradicionales, es decir, los elefantes y rinocerontes. Los traficantes comercian también con hormigas, camaleones, tortugas, pangolines y otras especies que venden como mascotas exóticas, alimento o, incluso, como objetos ceremoniales.