No he visto Homo Argentum, la película de Mariano Cohn y Gastón Duprat protagonizada por la superestrella Guillermo Francella que está arrasando en los cines a...

rgentinos este agosto, pero he visto todo lo anterior de Cohn y Duprat, con y sin su fetiche Francella, y por eso no me ha extrañado el entusiasmo que Javier Milei ha derrochado con esta obra. Por lo visto, la proyectó en Los Olivos antes de su estreno y la pondera como ejemplo de lo que debe ser el cine argentino. Nadie puede negar que Milei ha evolucionado mucho. Llegó a la presidencia en 2023 sin partido, sin discurso, sin más ideas que una motosierra y sin más soporte intelectual que un curso de criptobros cachas. Y mírenlo ahora: organizando sesiones de cine para los apparatchiki en su dacha e impartiendo doctrina sobre el arte políticamente correcto. Milei está hecho todo un Stalin.

Digo que no me extraña el entusiasmo de Milei, porque las celebradísimas comedias de Cohn y Duprat expresan divinamente el imaginario gañán, vitriólico, simple, envidioso, mediocre y acomplejado del núcleo duro de los votantes mileistas. Quizá los cómicos lleven mucha razón al satirizar lo que en algunos países latinoamericanos llaman izquierda caviar; en Francia, bobós, y en España, hasta que llegó Abascal y lo elongó en pijoprogre, progres. Es fácil asentir ante la caricatura de Nada o el resentimiento nihilista de El encargado. Recogen bien el espíritu de los tiempos y el desprecio popular hacia ciertas élites, pero lo narran con un trazo tan grueso y maniqueo, e interpelan a un espectador tan básico, que no es fácil separar la crítica corrosiva del libelo con aires fascistoides. Son esos aromas los que embriagan a Milei, y nadie puede reprocharle que se equivoque al percibirlos.