A principios de los setenta, Stanley Kubrick tenía Hollywood a sus pies. Había encadenado tres trabajos de gran relevancia: Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, 2001: Una odisea del espacio y La naranja mecánica. Sus obras, no exentas de polémica, habían impresionado a crítica y público. Era un autor diferente, una voz propia capaz de generar interés solo con su nombre, y Warner Bros. se frotaba las manos pensando en su siguiente proyecto que, como era habitual por su rechazo a la prensa, se mantenía en secreto.
Kubrick se había planteado contar la historia de Napoleón, pero el fracaso de Waterloo, producida por Dino De Laurentiis y protagonizada por Rod Steiger y Orson Welles, asustó a sus productores, que retiraron la financiación. Su siguiente idea fue adaptar La feria de las vanidades de William Makepeace Thackeray, aunque lo descartó por considerarlo inabarcable para un solo largometraje. La elección final combinó algo de ambas ideas: el voluminoso trabajo de documentación realizado para el proyecto de Napoleón y a Thackeray. Pero esta vez sería una obra menos conocida y más adecuada para la duración de una película: La suerte de Barry Lyndon, la historia de las andanzas de Redmond Barry, un pícaro arribista en el siglo XVIII. Un cazafortunas que se casa con una viuda adinerada para ascender socialmente. Una historia atemporal y universal.






