En su tercera obra como director, el cineasta se ha fijado en el Nuevo Hollywood y su rabia desbocada
Del Nuevo Hollywood de finales de los años sesenta y setenta solemos recordar algunos de sus grandes hitos en sus diversas vertientes, de El graduado a Tiburón pasando por El padrino. Pero, en los 14 años que básicamente duró el mejor periodo histórico del cine estadounidense (y mundial), hubo un enorme número de títulos, mucho menos conocidos para el gran público y quizá...
más desequilibrados, que en cambio enarbolaron la bandera de la autenticidad, la cercanía, la energía y la madurez a través de relatos protagonizados por gente vulgar y corriente, y dirigidos por cineastas que solían llevar su cámara y ejercitar su mirada como si te estuvieran apuntando a la cabeza con una pistola a centímetros de distancia.
Este es el cine en el que se ha mirado Bradley Cooper para articular Sin conexión. La historia de un matrimonio que se resquebraja, las distintas formas de amar (¿las hay?) y la reconexión con la existencia a través de las cosas más inesperadas. Aquí, mediante la comedia en vivo en locales sencillos, o la expulsión de traumas con bocanadas de verdad en directo. Un trabajo que, en ese sentido, entronca con ejemplares de amarga stand-up comedy como Lenny y El rey de la comedia. Y que, en esa variante de recuperación del Nuevo Hollywood, parece haberse mirado en directores como Robert Altman, Paul Mazursky, Hal Ashby y Bob Rafelson, y en títulos como California Split, Una mujer descasada, Shampoo y Mi vida es mi vida.






