En un momento en que los títulos universitarios se disputan más en los informativos que en las instituciones (quién de verdad tiene uno, quién encargó su tesis como quien encarga sushi, qué másteres o universidades privadas son un mero chanchullo), parece que las novelas de campus también han recobrado protagonismo en nuestras mesas de novedades. En la última temporada despuntaron cuatro, muy especialmente: Se acabó el recreo, de Dario Ferrari (Libros del Asteroide), pero también Los últimos americanos, de Brandon Taylor (Chai Editora); Queridos miembros de la junta, de Julie Schumacher (originalmente publicada en 2014, pero traducida el pasado año por Piel de Zapa), y El problema mente-cuerpo, de Rebecca Goldstein (original de 1983, recuperada por Plot).
Este interés por la universidad no es el único espacio de lo académico en la cultura, pues el curso 2024-2025 fue quizás el del auge (y próximo agotamiento en cliché) del dark academia, una estética popularizada en Tumblr e Instagram desde hace una década que combina ambientaciones universitarias elitistas con lo gótico, lo truculento y lo fáustico (aunque su Fausto sea en ocasiones algo superficial y mainstream). Su punto de partida es El secreto, de Donna Tartt, una novela que fijó el modelo para estas “otras novelas de campus”: estudiantes brillantes (usualmente de humanidades y moralmente ambiguos) atrapados en tragedias en las que se combina lo mórbido con lo intelectual. La estela de El secreto, que va más allá de lo literario y propone playlists musicales, combinaciones de ropa que una podría llevar en un campus del siglo pasado o ideas de decoración, ha dado cabida a algunos de los superventas anglosajones de la pasada década, como Bunny, de Mona Awad (una crítica macabra a la amistad femenina, las sororidades y los centros de escritura creativa), o Todos somos villanos, de M. L. Rio (una copia descafeinada de El secreto que fue bastante popular en Norteamérica).






