Trump ha dicho en algún momento de los últimos días que “el mejor modo de acabar la guerra horrorosa entre Rusia y Ucrania es ir directamente a un acuerdo de paz que acabaría la guerra, y no un mero acuerdo de alto el fuego, que a menudo se acaba incumpliendo”. No es la posición que defienden ni Ucrania ni la Unión Europea, pero todo apunta a que las cosas van a hacerse al dictado del mandatario estadounidense. Es el que está moviendo las fichas con mayor determinación, o eso es por lo menos lo que parece. El primer paso fue la cumbre con Putin en Anchorage, que no duró mucho más de dos horas y media y aparentemente no produjo grandes frutos, salvo acaso el más importante, el de reconocer a Putin como el interlocutor fundamental para acabar el conflicto. Otro de los comentarios recientes de Trump, en este caso refiriéndose a Ucrania, resulta clarificador: “Rusia es una potencia muy grande y ellos no lo son”.

Luego vino la cita con Zelenski, y con la corte de acompañantes que este llevó consigo a Washington para evitar una humillación parecida a la que sufrió durante su anterior encuentro con el presidente de Estados Unidos. Esta vez las conversaciones se prolongaron durante más de seis horas. Este detalle de la duración de las reuniones no resulta banal. Quiere decir que en la segunda hubo más ruido, que las cuestiones a tratar entre los viejos amigos de los dos lados del Atlántico son más espinosas, difíciles. Lo que se escenificó en Alaska no necesitaba hilar muy fino ni largas discusiones. Trump vino a decirle al mundo algo muy sencillo a propósito de su apoyo a Ucrania: “Me estoy quitando”. Como quien abandona el vicio de las drogas o el hábito de fumar. El otro mensaje era menos evidente, pero igual de duro. Putin ha ganado la guerra.