Un torbellino de declaraciones, algunas de ellas contradictorias entre sí, rodea la negociación que busca un encuentro entre los presidentes ruso, Vladímir Putin, y estadounidense, Donald Trump, que supuestamente sucedería la semana que viene con el objetivo de lograr un paso definitivo para el fin de la guerra en Ucrania. Este fin de semana caduca el plazo “de 10 a 12 días” que Trump puso a Putin para llegar a un acuerdo de paz con Kiev. La Casa Blanca ha advertido al Kremlin de que si no se desbloquea la negociación le impondrá aranceles punitivos, la espada favorita del presidente estadounidense para cualquier nudo geopolítico que se encuentra en su camino.

La celebración misma del encuentro es un regalo para Putin. Lenta pero implacablemente —y a un coste aterrador en vidas humanas—, el frente de batalla entre Ucrania y Rusia avanza en beneficio del Kremlin. El agotamiento de tres años y medio de combates y bombardeos, así como la perenne confusión con las intenciones de Trump, han hecho que los ucranios estén cada vez más desencantados con la guerra y con su presidente, Volodímir Zelenski, como quedó en evidencia en las protestas tras la reforma de las instituciones anticorrupción.