Los terribles incendios que en estos últimos días están quemando zonas enteras de España ponen de manifiesto hasta qué punto la emergencia climática es la gran cuestión de nuestro tiempo. No sólo o no tanto porque ahora amenaza directamente a los nuestros (¿quién no ha tenido en estos días conversaciones con amigos o familiares para cerciorarse de que están bien?), sino porque de una manera o de otra cualquier política sectorial está conectada con ella. La economía por supuesto, pero también la salud, la política internacional, el urbanismo, la agricultura o la innovación tecnológica. Todos estos ámbitos están influenciados por la emergencia climática y todos ellos influyen en ella. Es la cuestión transversal por antonomasia de la agenda política actual. O debería serlo.
Por eso el Gobierno de Pedro Sánchez —quizá tarde, pero acertadamente— ha planteado a las otras fuerzas políticas un pacto de Estado sobre esta materia. Como ya hace tiempo tiene acostumbrada a la sociedad española, el partido más importante de la oposición ha rechazado siquiera hablar del tema. El PP se encuentra en su particular encrucijada: comprar en todo o en parte los argumentos y la manera de proceder de la extrema derecha. Por convicción, o por miedo de que su electorado se le escape entre los dedos, seducido definitivamente por esa forma de impugnación destructiva y tóxica de la democracia que está triunfando en muchos sitios del mundo y que, precisamente tiene uno de sus pilares en la negación de la importancia del cambio climático.









