El público contiene la respiración: un pequeño hombre metálico se agacha, toma impulso y trata de ejecutar una voltereta. Gira en el aire… y se desploma de espaldas. La grada estalla en carcajadas. Mientras, en el ring, dos humanoides más habilidosos se miden a base de patadas y puñetazos; uno pierde el compás, se desequilibra, y su rival aprovecha esa descoordinación para derribarlo. Unos metros más allá, cinco robots calientan moviendo la cabeza de un lado a otro antes de saltar al campo de fútbol.

Pekín acogió durante el pasado fin de semana los primeros Juegos Mundiales de Robots Humanoides, un evento que refleja la doble ambición de China: exhibir el músculo tecnológico con el que avanza hacia consolidarse como potencia en inteligencia artificial aplicada a la robótica, y al mismo tiempo, acercar a la ciudadanía a unas máquinas llamadas a desempeñar un creciente papel en la economía y en la vida diaria.

Morgan Stanley anticipaba en febrero que China aceleraría la adopción de robots humanoides en la segunda mitad del año, y apuntaba que el proceso estaría liderado por grandes pedidos del Estado, lo que allanará el camino para su despliegue en empresas y servicios. En marzo, el primer ministro chino, Li Qiang, prometió “dar rienda suelta a la creatividad de la economía digital”, con especial énfasis en la inteligencia artificial (IA) integrada en sistemas físicos.