En el siglo VI antes de Cristo, el filósofo griego Pitágoras fundó una comuna en la que hombres y mujeres compartían sus propiedades para profundizar en los misterios matemáticos del universo. En Japón, la comunidad de Atarashiki-mura comparte sus ingresos provenientes de la agricultura con unas 30 aldeas autoorganizadas. En Alemania, el Centro de Educación e Investigación para la Paz Tamera intenta invertir los efectos del cambio climático a través de la agricultura sostenible y reteniendo aguas pluviales. La ecoaldea Nashira (Colombia) cuenta con más de 80 viviendas construidas por mujeres y niños que han sufrido violencia doméstica o desplazamiento forzado por el conflicto armado.
Estas son algunas de las experiencias citadas por la etnógrafa Kristen Ghodsee en su ensayo Utopías cotidianas. Lo que dos mil años de experimentos pueden enseñarnos sobre vivir bien, publicado por Capitán Swing en 2024. Ghodsee se lanzó a escribir el ensayo, según explica en sus páginas, al darse cuenta de que se usa “la palabra utópico como sinónimo de irrealizable” y que existe un “profundo recelo hacia la imaginación política”. El inventario de experiencias colectivas descrito en su libro impugna de lleno la hegemonía del “realismo capitalista”, el omnipresente término acuñado por Mark Fisher. “Quería luchar contra la idea de que la utopía tiene que ser un proyecto que abarque todo —explica Ghodsee por correo electrónico —. En la literatura, el arte y el cine, las representaciones de la utopía suelen abarcar todos los aspectos de una sociedad, por lo que parece mucho más distante y propensa al fracaso. La gente piensa que es imposible y se conforma con las miserias del presente”. Por este motivo, la autora decidió centrarse en utopías cotidianas que ya existen: “Son personas que infunden sus experiencias diarias con el pensamiento utópico, dando pequeños pasos para construir una sociedad más feliz”. El “fin de la historia” que Francis Fukuyama propugnó en 1992 tras la caída del bloque soviético para entregar al capitalismo el monopolio total de la economía global fue, según la autora, un equívoco: “Supuso apenas el fin de una variante particular del utopismo”.






