En la terminal de cruceros de Marsella, a casi ocho kilómetros del coqueto Puerto Viejo que marca el centro de la urbe, hay atracados cuatro enormes buques. Detrás de ellos, siguiendo la costa en dirección norte, se aprecia otro en los astilleros. La silueta de estos hoteles flotantes forma parte de las vistas habituales que tienen algunas de las viviendas del humilde barrio de Saint-André, al noroeste de la ciudad, el más cercano a la zona portuaria. Sus vecinos tienen que convivir con el rugido constante de los motores de estas moles de acero, que deben seguir encendidos para poder prestar los servicios de abordo. La brisa marina hace que hoy apenas sea perceptible el humo que expulsan sus chimeneas, pero dicen los lugareños que hay días en que nubla el ambiente.

El Ayuntamiento tiene un plan para hacer más llevadera la presencia de los cruceros: electrificarlos, conectarlos a la red para que puedan apagar máquinas y seguir funcionando. La idea es que las reparaciones de los astilleros y las labores de carga y descarga del muelle también usen esa energía. Pero no está claro que haya electricidad suficiente para hacerlo. Los centros de datos de la zona portuaria, activos desde 2021, tienen preferencia de disponibilidad sobre la energía. “Consumen enormes cantidades de electricidad y reservan potencia eléctrica de forma especulativa y monopolística. Esto hace prever futuros conflictos de uso en cuanto al suministro eléctrico”, explica a EL PAÍS Sébastien Barles, teniente de alcalde de la ciudad. En la última reunión que tuvieron las autoridades portuarias con las regionales y los vecinos, se informó de que el proyecto de electrificación de los buques se posponía hasta 2029. “Actualmente, los centros de datos solo tienen efectos negativos para los vecinos de Marsella”, añade el político.