“Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico, esto, lo otro y lo de más allá, porque no pienso molestaros con la enumeración de todos mis títulos, que otrora, no hace mucho, fui conocido por mis parientes, amigos y colaboradores como Claudio el idiota, o ese Claudio, o Claudio el tartamudo, o Clau-Clau-Claudio o, cuando mucho, como el pobre tío Claudio...” Así empieza la novela de Robert Graves Yo, Claudio, y así sigue almacenada en un rincón de mi cerebro (en un chip, o en una nube, diría hoy) desde que, en 1981, con 11 añitos, interpreté a Claudio. Podría seguir (por supuesto, sin mirar): “...voy a contar ahora esta extraña historia de mi vida. Comenzaré...” Pero no hace falta.
El guion asustaba. ¿Cómo me iba a aprender tantísimas páginas de memoria? Dos novelas (la citada, Yo, Claudio, y Claudio el dios y su esposa Mesalina) adaptadas por Josep Cervelló y reducidas (parece cachondeo... ¡reducidas!) a una obra de teatro de más de cuatro horas en dos partes. Fue en el colegio, pero una actividad extraescolar. Ensayábamos dos tardes por semana (en la escuela italiana solo teníamos clases por las mañanas —sábados incluidos, eso sí—). La presión era mucha. De hecho, nunca llegué a quitármela de encima. De ahí la obsesión.






