Recuerdo uno de los primeros veranos de mi niñez por una respuesta contundente de mi padre. En Asturias, lugar de vacaciones familiar desde que mis abuelos habían encontrado una vida allí, lejos de la capital, seguíamos religiosamente el Tour de Francia desde el sofá. Yo aún no sabía muy bien lo que era aquello, pero sonaba bien, era colorido y tenía su gracia en una época del año en la que no había más deportes en televisión. Al otro lado de la pantalla veía hombres en bicicleta sufriendo para encontrar bocanadas de aire en la montaña. En un momento de lucidez le pregunté a mi padre si aquellos ciclistas dejaban de dar pedales al unísono cuando la retransmisión daba paso a la publicidad. A nuestras vidas no habían llegado aún las pantallas divididas, claro. Mucho menos la televisión sin anuncios. Comenzaba el carrusel y sin previo aviso se perdía la pista del pelotón durante varios minutos. Como era de esperar, mi padre se echó a reír. “¡Pero cómo van a pararse todos a la vez!”, respondió. A mi yo de cuatro, cinco o seis años aquella carcajada le ofendió. No solo me parecía una pregunta lógica, sino también de lo más pertinente. Es más, una vez le descubrí los hilos a la marioneta, me intrigó aún más saber que durante largos parones el esfuerzo de aquellos pobres osados caía en saco roto. Fue el primer chispazo con el que el Tour de Francia, el ciclismo más bien, comenzó a permear en mi retina.
Carlos Sastre y la caja de cartón
Aquel cofre cubierto por tiras de celofán guardaba el tesoro que viajaba conmigo todos los veranos






