A veces, la primera pregunta de una entrevista es una toma de contacto, una forma de establecer parámetros y el tono de la conversación. Pero con Carlota Barrera (Gijón, 32 años) sucede algo distinto. Cuando le pregunto por el momento actual que atraviesa su marca, no responde a la ligera. “A veces, en la moda parece que todo el mundo está estupendamente siempre, y lo cierto es que yo he pasado algunas temporadas un poco desconectada de lo que hacía, creo que como resultado de escuchar demasiadas voces”, responde. “Al final, las marcas pequeñas siempre estamos intentando crecer más, vender más, salir más en prensa. Y, al echar la vista atrás, me di cuenta de que había empezado a hacer prendas y colecciones para cumplir unos objetivos que se alejaban de lo que yo quería hacer. Llegó un momento en que me detuve y dije: ‘Pero ¿de quién es esto? Porque mío, no’. A lo mejor desde fuera no se apreciaba tanto, pero me replanteé por qué estaba invirtiendo todo mi tiempo, mi energía y mi dinero en algo que tampoco me hacía increíblemente feliz”.

Ese pequeño seísmo interno, cuenta, se ha saldado, en sus colecciones más recientes, con un regreso al origen. “Intenté volver a reconectar con lo que estaba haciendo, y eso llevó consigo una subida de precios, porque lo que me encanta es la calidad, pensar los acabados, obsesionarme con que las costuras de las camisas tengan siete puntadas por centímetro”. Carlota Barrera, que de niña quería ser escritora, descubrió el diseño en Londres, cuando se dio cuenta de que los mejores sastres de Savile Row habían salido del London College of Fashion, esa especie de pariente formal, técnico y cerebral de la más carnavalesca Central Saint Martins. Se matriculó allí. En aquel entonces, lo más interesante de la moda londinense se cocía en las filas del menswear. “Yo miraba el calendario de la semana de la moda masculina y veía a Craig Green, a Charles Jeffrey, a Meadham Kirchhoff. Yo quería estar ahí”. Su colección de fin de máster, inspirada en los arquetipos del pescador y el torero, se presentó en Madrid en 2018, aunque su taller, hasta el Brexit y la pandemia, estuvo en Londres. Fue un debut deslumbrante, lleno de ideas y, sobre todo, de prendas memorables, como sus camisas con aberturas verticales o sus esmóquines de contornos vertiginosos. Al principio hablaba de vestir a hombres vulnerables, pero ahora huye del término. “Todos estamos llenos de aristas y matices”, explica. Lo que hace, cuenta, es proyectar la mirada de una mujer queer sobre el cuerpo masculino; podría parecer un contrasentido si no fuera porque, desde hace más de un siglo, las mujeres se visten, en gran parte, a partir de lo que dictan hombres queer. Lo suyo es casi justicia poética. “Desde la perspectiva de alguien que no siente atracción sexual por el hombre, yo los veía como esculturas griegas a las que tenía que vestir”, reflexiona. “Por eso, más que exponer partes del cuerpo o hablar de la masculinidad de forma obvia, me interesaba algo más sutil. Más lo sensual que lo sexual. También creo que las mujeres sabemos lo que es sentirnos observadas y juzgadas constantemente. Por eso, la mirada femenina cosifica mucho menos, es más respetuosa en general”.