Dos hombres se acercaron a ella. La rodearon y la inmovilizaron contra una camioneta. “¿Por favor, me deja?”, Sara suplicó en inglés. Buscó rápidamente su teléfono con su mano libre y llamó a su novia, Kinzie Morrow, y puso la llamada en altavoz. “¡Sube al coche!”, le gritaron. Uno de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) le apuntó con su Taser. Sara entró en pánico e intentó liberarse mientras la esposaban. El oficial le advirtió que si no se estaba quieta, usaría la pistola eléctrica.
Sara, quien pidió que no se usara su apellido por temor a represalias, caminaba a su carro en el estacionamiento de su trabajo cuando fue arrestada por el ICE el pasado 18 de julio. Aquella tarde, la venezolana de 30 años, que como muchos inmigrantes tenía varios trabajos para poder mantenerse a sí misma, estaba trabajando en su puesto principal como panadera y diseñadora de pasteles de Walmart en Centennial, Colorado.
Recuerda que estaba especialmente entusiasmada por acabar su turno, pues planeaba volar a Texas ese mismo día para conocer a la familia de su pareja Kinzie. Era el próximo paso en su plan de casarse; dos días antes se habían mudado juntas. Seis días antes, habían celebrado el cumpleaños 30 de Sara. “Estaba preparada para hacer mi vida con ella”, asegura Sara. Cuando la arrestaron, sintió que le arrebataron todo en solo segundos.






