El fracaso de la reunión de la ONU para alcanzar un tratado global sobre la contaminación con plásticos no solo refleja la dificultad de poner de acuerdo a 180 países, sino también el mal momento que el mapa geopolítico impone a los intentos de mirar un poco más allá de los intereses nacionales para ocuparse de las grandes cuestiones ambientales que afectan a toda la población humana.

Desde 2022, cuando Naciones Unidas promovió estas negociaciones, el bloqueo a un acuerdo proviene de un grupo minoritario de países petroleros encabezados por Arabia Saudí, pero India y Rusia ya se han apuntado a ese club. Y los 80 países (incluida la UE) que sí están por reducir la producción de plásticos han perdido fuelle a rebufo del crecimiento de la ultraderecha en Europa y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, que son negacionistas y contrarios a cualquier forma de protección ambiental. Las cosas, en realidad, están ahora peor que hace tres años.

La razón esencial del desacuerdo es que los países petroleros y las grandes compañías del sector prevén que el uso de combustibles fósiles se va a reducir en el ámbito del transporte, por el crecimiento del coche eléctrico, y en el de la generación de energía, por la competencia creciente de las renovables. En ese futuro, pretenden dar salida al petróleo sobrante incrementando la producción de plásticos. El único tratado que están dispuestos a firmar es uno que se centre exclusivamente en el control de la contaminación por plásticos, sin reducir la producción.