Lo de que no hay dos sin tres se cumple solo a veces. La celebración del Día Mundial del Medio Ambiente 2025, bajo el hospedaje y organización de Corea del Sur, para elevar la voz sobre el problema que representan los 400 millones de toneladas de plástico producidas de forma global cada año —12 de los cuales son generados por el país anfitrión—, viene precedida de otra cita fundamental y con idéntico foco.
El 25 de noviembre de 2024 se inauguraba también en Busan, al sudeste del país asiático, el quinto periodo de sesiones del Comité Intergubernamental de Negociación sobre Contaminación de Plástico (INC-5), con el objetivo de elaborar un instrumento internacional de carácter jurídicamente vinculante: el INC-5. Pero las 177 nacionalidades reunidas volvieron a dejar patentes sus diferencias; solo hubo un acuerdo, que el 5 de agosto se retomaría este debate internacional, esta vez en Suiza.
“En realidad, debe entenderse más como una prórroga de la convocatoria anterior, donde se vio el peso del lobby de la industria petrolera, que ahora ve negocio en el plástico. Es decir, lo de siempre; las desavenencias llegan a la hora de poner los límites”, comenta Julio Barea, responsable de la campaña de plásticos de Greenpeace. Se muestra escéptico porque todo se retrasa. “Mira en España, el sistema de depósito y retorno de envases programado para 2026 igual se dilata hasta 2029. Tampoco se han eliminado los plásticos de frutas y verduras según [establece] la ley de residuos de 2022; aquí [el Ministerio de] Agricultura frena… y, así, una tras otra. Además, olvidamos que en las tierras emergidas se calcula una contaminación de 4 a 24 veces mayor que la del océano”, arguye. Para él lo más grave es que no somos conscientes de que nos jugamos la salud, “comprobada la existencia de microplásticos hasta en el cerebro”, advierte Barea.













