La noche del PSG invitaba al abandono, y tampoco hubiera ocurrido nada después de sumar solo una semana de entrenamientos. Perdía 0-2 en el 85 tras muchos minutos de un fútbol en los huesos, nada que ver con el juego despampanante con el que alzó la Champions. Y, cuando atrapó la tanda de penaltis sobre la bocina con un gol de Gonçalo Ramos (no hubo prórroga), la empezó perdiendo por un fallo de Vitinha. Pero ninguna adversidad fue tan grande como el orgullo del campeón de Europa, que se levantó de todas en la Supercopa de Europa de Údine ante el Tottenham, que acabó la sesión mirándose al espejo sin saber qué había sucedido. Lo que ocurrió fue que la arremetida final del PSG, agarrado a su talento, igualó un duelo que se daba por hecho en el bando inglés, sin más respuesta en el desenlace que acularse. A los muchachos de Luis Enrique les bastaron unas pocas sesiones en el campo de prácticas y 15 minutos de carga al área británica para volver a sacar pecho.
La apertura del curso se había producido bajo el impacto de la fulminación de Gianluigi Donnarumma, que se quedó en París en una decisión técnica que Luis Enrique asumió por completo. “Ahora necesito un portero con características diferentes, por eso hemos fichado a Lucas Chevalier [del Lille]. Así es la vida de los futbolistas de alto nivel”, trató de zanjar el asturiano en la previa sobre un meta al que le resta un año de contrato. Sin embargo, el ruido creció al inicio de la segunda parte cuando el nuevo portero se comió el 0-2 del Tottenham.













