A la generación de Albert Camus la derrota de la guerra de España le enseñó que uno podía tener razón y ser derrotado, y que “a veces el coraje no obtiene recompensa”. Para la mía, esa misma enseñanza nos la ha proporcionado la guerra de Ucrania. También en 1938, en Múnich, la misma generación de Camus pudo comprobar cómo la Alemania nazi y la Italia fascista, junto con las democracias británica y francesa, decidieron la partición de Checoslovaquia sin contar con ella. ¿Serán las negociaciones que ahora se prevén en Alaska un nuevo Múnich, en el que potencias extranjeras decidirán la suerte de los ucranios desde fuera?

En febrero de 2022, la invasión rusa pareció que iba a arrollar al joven Estado del mar Negro. La comunidad internacional ya había callado la boca cobardemente unos años antes, cuando el régimen de Putin invadió parte del país, Crimea, Donbás, y poco a poco lo fue anexionando a Rusia. Pero esta vez, en 2022, Ucrania resistió, destruyó las columnas rusas que pretendían acabar con su independencia y su estatalidad, expulsó a los rusos al otro lado del Dniéper, mantuvo el frente durante años a costa de esfuerzo, valor, sacrificio, inteligencia y decisiones militares casi siempre acertadas.